Existen unos concursos en los que te dan mucho dinero por escribir bien y además publican tus cosas. Hay uno de esos concursos que lo promueve el honorable Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato, y como mi ego y algunas personas me han dicho que escribo bien decidí intentarlo y, quién sabe, quizá dejar de pobretonear por ahí.
Así que con un ahínco, si no desmesurado, bastante apremiante, comencé a escribir una novela.
Las bases del concurso te especifican un mínimo de 80 cuartillas, tamaño carta, doble espacio, arial 10 (o 12, ya no recuerdo bien), firmar con pseudónimo, mandar tus datos o una pequeña autobiografía en un sobre sellado, sólo identificable con el nombre de la novela y el pseudónimo, y un montón de requisitos ridículos que me dispuse a cumplir cabalmente.
Pero sucede, como sucede en la vida, o como me sucede a mí cuando menos, que todo lo absurdo se me junta. Un día miércoles llegué a la escuela y estacioné mi coche sólo para que cuando saliera, ya en la noche y con citas encima me encontrara a un guardia:
- Sssss, señorita, no se va a poder ir.
- ¿Qué? ¿Porqué?
¿Multas en la escuela? ¿Me estacioné mal? ¿Me robaron el coche? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?
- Ps cuando llegó, como unos diez minutos después de que se bajó y caminó a la escuela, yo creo que iría ud. por la explanada o por ahí, le explotó algo a su coche, yo creo que el radiador, salió mucho mucho humo y estuvimos tratando de contactarla con el número de su calcomanía del estacionamiento y todo, pero decía aquí que no tiene ud. clases en la tarde, así que no pudimos localizarla.
¿QUÉ? ¿Qué carajos es el radiador? (Estoy bastante desinformada del funcionamiento interno de un automóvil, realmente sólo me interesa que tenga gasolina, agua en los limpiadores y por inercia en las gasolineras digo "Chécame los niveles, y las llantas a 28" y supongo que en el orden del universo, cuando uno hace eso, todo estará bien)
- Ehm. Si, había venido a trabajar, pero si, no tengo clases en la tarde.
- Si eso supusimos. Pero pues no creo que se vaya a poder ir.
- ¿El coche ya no va a prender?
- Pues si, si va a prender pero si intenta irse probablemente se le desviele cuando esté ahí en el semáforo.
Pu-ta-ma-dre. Intentando descifrar la conexión entre los radiadores, las explosiones, y las desvieladas se me iba a ir la vida así que lo único que se me ocurrió fué preguntar si el coche se podía quedar ahí en la noche y mandar una grúa por él en la mañana.
- Claro que sí, señorita. Aquí de todos modos siempre le cerramos con candado.
Caminé a la parada del camión cargando la lap, la bolsa, los libros, las copias, el cansancio y un letrero de "No se nada de coches y ahora tengo que agarrar el camión" colgado en la frente. Llegué al depa y me derrumbé. Me dormí vestida y mal sentada en un sillón.
Para llegar a clase de 7 de la mañana al día siguiente llamé a un taxitel que, como era de esperarse, jamás apareció, o cuando menos no apareció a la hora que lo había pedido y tampoco llegaré a saber si después, porque salí caminando al boulevard para tomar un taxi ahí. Me tocó un taxista bastante despierto y dicharachero que me comentaba lo cansado que era trabajar como taxista, y que bromeaba con otros taxistas por el radio, saludándose floralmente entre ellos con un "Boyorno princhipesa". Me bajé en la escuela y llegué a clase mucho más tarde de lo usual y al momento de tener que hacer mi presentación descubrí que no tenía conmigo mi USB, fundamental herramienta en la vida de un estudiante global
izado. Pensé que probablemente lo había olvidado en el departamento, porque siempre suelo olvidar todo, aunque inconcientemente creía haberlo metido en la bolsa antes de salir.
Era temporada de exámenes y yo tenía mucho trabajo que hacer, muchos reportes, lecturas y ensayos que terminar para el día siguiente y decidí quedarme a trabajar en la escuela todo el día habiéndo ya arreglado el tema del coche y esperando a que lo regresaran al estacionamiento de la escuela para poder irme. A las 8 de la noche todavía no llegaba, pero me llamaron para decirme que ya estaban a punto.
Mi Chevy regresó, efectivamente, y le habían checado todo; además me habían asegurado que andaría mucho mejor que antes, aunque yo en realidad no lo noté. Me derrumbé de nuevo en un sillón llegando al depa e intenté ver los Simpson un rato antes de quedarme dormida y antes de despertar de un brinco al recordar que no había visto mi USB en todo el día. Como no me había espabilado bien al momento de pararme del sillón me maree y me caí, y prácticamente me destrozé el pie derecho con la mesita de café y entre maldiciones me puse a buscar con una desesperación gigantesca en todas las bolsas de pantalones, resquicios en la chamarra y abajo de la cama y no lo encontré por ningún lado. E hice lo que cualquier persona en sus cabales haría: llorar, berrear, aventar todo y maldecir por triplicado. Y seguir buscando, para nada. Y llorar más.
Como la lap que uso no es mía, sino de mi señor padre, casi todo lo que archivaba lo tenía en mi USB. Música, fotos, todos los trabajos de la escuela. Y la novela. Jamás ví totalmente la necesidad de respaldar tantos archivos, y actuando en consecuencia, no los había respaldado. Jamás le ví totalmente la necesidad maniaca al respaldaje, hasta ese momento.
Faltaba una semana para que se cerrara la convocatoria del concurso y ahora ya no tenía nada. Nada.
Finalmente no es tanto lo que uno pueda o no ganar, cuando se escribe siempre es como tener un pequeño bebé, una creación que uno considera siempre hermosa e invaluable, aunque cuando la encuentra, años después pueda con mucha facilidad decir "¿Qué mierdas estaba yo pensando cuando escribí ésto?".
Le llamé al señor padre, y lloré en el celular, y el se puso triste también porque me había visto muy entusiasmada ya hacía un tiempo con la idea primero de escribir una novela, y con el hecho de escribirla después, habíamos ya tenido largas conversaciones sobre el Quijote, y lo aburrido que podía a veces resultar leer a Nietzsche o a Kundera. Me regaló después un USB que el ya no usaba y que era físicamente igual al mío, y me consoló y me dijo que debería intentar volver a escribir la novela. Lo taché de loco porque no creía que pudiera escribir ya un carajo, mucho menos en una semana. Pero igual escribí, y me presioné sobremanera, dejé de dormir y desarrollé una fuerza extraordinaria en las mandíbulas a base de apretarlas todo el día. Conseguí dolores de cabeza inmunes a las cafiaspirinas y para el siguiente viernes tenía ya escritas unas 70 cuartillas de una novela que no se parecía en nada a la que se había perdido. Apenas logré terminarla, imprimirla, sacar cuatro tantos de copias, inventar un título y un pseudónimo al vapor, rellenar una hoja con algo que ni de lejos es una autobiografía y meterla en un sobre sellado para enviar todo por paquetería a Guanajuato.
Finalmente pude respirar, después de muchos días de estar al borde de arrancarme los pelos como el doctor Rascahuele de Animaniacs.
Los resultados estarán listos hasta mayo, pero la verdad que no creo ganar nada. Nunca he tenido suerte, pierdo hasta en los volados. Pero si la vida fuera un poquito justa, para mayo tendría yo $75,000 y una sonrisa inconmensurable colgándome de la cara.
Nah. Nunca pasará.
24 March 2007
10 February 2007
¿Y tú qué me ves, pinche naco?
Regreso a la escuela. Bien. Uno ve a los amigos que olvidó o evitó durante todas las vacaciones y a la gente que probablemente no importe un carajo, y al chico que le gusta. Y se hacen esas fiestas de bienvenida donde lo único que importa es que se vendan las pulseras y los de la sociedad de alumnos no queden endeudados.
Uno decide ir, y previsoriamente se toma un par de vodka tonics mientras plancha o desplancha su pelo y acomoda el escote, pensando que es muy probable que no tome ya nada más en el antro, porque todo es de lo más caro en el antro.
Baila, baila, se despeina y brinca y baila un poco más, y cuando sale, se encuentra a amigos suyos cayéndose entre los árboles de la entrada al antro, pidiéndo que alguien los lleve a sus casas, que maneje su auto.
Uno accede. Se ha visto en esa situación.
Patrulleros de mierda, tránsitos con cuotas de multas que llenar cazan a gente afuera del antro y detienen a la amiga buen pedo, que no pasa la prueba del alcoholímetro, por culpa de los vokda tonics que decidió tomarse. Ella se enoja muchísimo e insulta a los patrulleros de mierda, a las putas que se acercan al coche cuando los obligan a pararse, a los médicos ineptos, a la pinche guardia lesbiana que quiere manosear a todas las que llegan ahí, a los cholitos encerrados en las celdas, a la amiga que no puede pagar ahora la fianza porque sus papas no están y ella no tiene tarjeta, no puede ir al cajero, a las cobijas que apestan a coladera y a su pinche panza por gruñir. Piensa que si ya la encerraron cuando menos tiene derecho a tratar a todos tan mal como pueda; así que les voltea la cara, azota los papeles que tiene que firmar, y cuando quiere un favor, lo pide con la voz más cortante y altanera que encuentra. Y todos le hacen caso porque no muchas veces llegan chicas del antro con ese escote y esa mala actitud ahí. Todos quieren coquetear con ella, ella se limita a patear egos y decir lo primero hiriente que se le ocurra.
Uno decide ir, y previsoriamente se toma un par de vodka tonics mientras plancha o desplancha su pelo y acomoda el escote, pensando que es muy probable que no tome ya nada más en el antro, porque todo es de lo más caro en el antro.
Baila, baila, se despeina y brinca y baila un poco más, y cuando sale, se encuentra a amigos suyos cayéndose entre los árboles de la entrada al antro, pidiéndo que alguien los lleve a sus casas, que maneje su auto.
Uno accede. Se ha visto en esa situación.
Patrulleros de mierda, tránsitos con cuotas de multas que llenar cazan a gente afuera del antro y detienen a la amiga buen pedo, que no pasa la prueba del alcoholímetro, por culpa de los vokda tonics que decidió tomarse. Ella se enoja muchísimo e insulta a los patrulleros de mierda, a las putas que se acercan al coche cuando los obligan a pararse, a los médicos ineptos, a la pinche guardia lesbiana que quiere manosear a todas las que llegan ahí, a los cholitos encerrados en las celdas, a la amiga que no puede pagar ahora la fianza porque sus papas no están y ella no tiene tarjeta, no puede ir al cajero, a las cobijas que apestan a coladera y a su pinche panza por gruñir. Piensa que si ya la encerraron cuando menos tiene derecho a tratar a todos tan mal como pueda; así que les voltea la cara, azota los papeles que tiene que firmar, y cuando quiere un favor, lo pide con la voz más cortante y altanera que encuentra. Y todos le hacen caso porque no muchas veces llegan chicas del antro con ese escote y esa mala actitud ahí. Todos quieren coquetear con ella, ella se limita a patear egos y decir lo primero hiriente que se le ocurra.
Dicen que lo peor de la cárcel no es sentirse criminal, o la incomunicación, o los guardias o el encierro, el frío o el aburrimiento. Lo peor es tener tanto tiempo para pensar cosas, y que no se pueda pensar en nada bueno, ya no se diga entretenido.
Yo no lo sé de cierto. Eso me han contado.
13 January 2007
Kapow!
Cuando a alguien le pasan las cosas que me pasan a mi como que desarrollan los miedos más extraños. A mi me dan miedo los como-trailers que llevan coches nuevos de un lado a otro todos juntos, los niños demasiado listos que además se ven demasiado listos... cosas por el estilo.
Me cambié apenas de depa, y mi roomie y yo pagamos la luz, el gas, desempacamos y todo eso y al día siguiente seguía sin haber agua caliente o algun modo de calentar la comida. Decidí subir a la azotea a checar la llave del gas que va al tanque, y todo funcionó bien, hasta que al calentador del agua se le ocurrió explotar. Y quemarme un ojo, llevándose de calle las pestañas.
"Quemarme un ojo" suena muy dramático, y es estrictamente cierto pero es también una quemada leve, ahorita ya ni siquiera se ve tanto, pero una quemada en el ojo arde muchísimo, casi tanto como te arde el orgullo al verte en el espejo sin pestañas o la ansiedad de no poder parpadear porque todos los restos de pestaña quemada se enroscan hacia adentro. En fin, le llamé a mi papá y me acompañó con un oftalmólogo para que checara si no tenía quemada la córnea o algo por el estilo, y no, nada grave, nada que no se curara solito.
- De una vez te checo a ver si necesitas lentes
- Bueno
Total, que sí necesitaba lentes, nada muy catastrófico, solo como para leer o estar en la computadora... "Lentes de descanso" les llamó. Me los entregaron antier, así que ahora los traigo puestos todo el tiempo porque aunque ya todo mundo me dijo que no se nota demasiado que no tengo pestañas, que de todos modos eran güeras, yo sé que no tengo pestañas, y camino por la calle tratando de que los demás no lo averiguen.
- Tardan como tres meses en volver a crecer como las tenías. ¿Te las cortaste todas, verdad?
- Si, estaba muy desesperada, no podía parpadear
- Bueno, no te preocupes, volverán a crecer sin problemas.
Hay ahora un calentador nuevo, pero le tengo tanto miedo que me sigo bañanado con agua fría, en invierno.
Gracias, vida... Te anoto una más.
Me cambié apenas de depa, y mi roomie y yo pagamos la luz, el gas, desempacamos y todo eso y al día siguiente seguía sin haber agua caliente o algun modo de calentar la comida. Decidí subir a la azotea a checar la llave del gas que va al tanque, y todo funcionó bien, hasta que al calentador del agua se le ocurrió explotar. Y quemarme un ojo, llevándose de calle las pestañas.
"Quemarme un ojo" suena muy dramático, y es estrictamente cierto pero es también una quemada leve, ahorita ya ni siquiera se ve tanto, pero una quemada en el ojo arde muchísimo, casi tanto como te arde el orgullo al verte en el espejo sin pestañas o la ansiedad de no poder parpadear porque todos los restos de pestaña quemada se enroscan hacia adentro. En fin, le llamé a mi papá y me acompañó con un oftalmólogo para que checara si no tenía quemada la córnea o algo por el estilo, y no, nada grave, nada que no se curara solito.
- De una vez te checo a ver si necesitas lentes
- Bueno
Total, que sí necesitaba lentes, nada muy catastrófico, solo como para leer o estar en la computadora... "Lentes de descanso" les llamó. Me los entregaron antier, así que ahora los traigo puestos todo el tiempo porque aunque ya todo mundo me dijo que no se nota demasiado que no tengo pestañas, que de todos modos eran güeras, yo sé que no tengo pestañas, y camino por la calle tratando de que los demás no lo averiguen.
- Tardan como tres meses en volver a crecer como las tenías. ¿Te las cortaste todas, verdad?
- Si, estaba muy desesperada, no podía parpadear
- Bueno, no te preocupes, volverán a crecer sin problemas.
Hay ahora un calentador nuevo, pero le tengo tanto miedo que me sigo bañanado con agua fría, en invierno.
Gracias, vida... Te anoto una más.
11 December 2006
Matutina.
El jueves en la mañana estaba parada afuera del restaurante California de Centro Max, esperando a Mauricio que me recogería para irnos a trabajar a Guanajuato como los burócratas esclavos de la grilla política que últimamente (más últimamente yo que él) nos dedicamos a ser.
La noche anterior habíamos acordado telefonicamente vernos ahí, pero como suele sucederme, siempre olvido pedir indicaciones precisas, señas especiales, particularidades o certezas... así que olvidé preguntarle que coche manejaba. Y además como me sucede siempre también, no lo recordé hasta el momento en el que ya estaba parada enfrente, viendo por la ventana la barra de ensaladas del restaurante; pero pensé "Ok, si viene por mi y sabe que voy a estar parada aquí y seguramente va a pasar mas despacito y entonces yo ya lo veo y todo, y nos vamos, claro, es lo lógico". No supe cuántos minutos o eternidades pasaron, y a esa hora de la mañana no me importaba realmente, si yo lo que quería era una cobija, un café, una película y abrazar mi almohada. Pasó un coche verde, despacito... con alguien a quien si no le veías la cara (cosa que sucedió por el sol directamente en mis ojos) pasaría por un Mauricio recogedor de compañeras de trabajo. Se paró un poco más adelante de donde estaba yo, y abrió la puerta del copiloto, y justo cuando yo estaba por sentarme en el asiento escuché un "¿A dónde vaaaasss, mamaciiiitaaaa?" y cuando voltee vi algo muy parecido a un perro sarnoso con acné de secundariano de escuela de gobierno... presumiblemente una persona, porque hablaba... pero nada seguro.
A pesar del efecto vomitivo de la visión (seguro estaba alucinando.... espejismos por el frío o el exceso de actividad a esa hora de la mañana) tuve a bien cerrar la portezuela y patearla; y creo que machucarle una mano al hombre, perro, araña o cucaracha que manejaba el Neón verde recién pateado.
Ya después sólo se me ocurrió marcarle a Mauricio, y preguntarle que qué coche de qué color manejaba. Y seguir esperándolo, con ganas de cobijarme, darle un trago a mi café, dormir abrazando mi almohada después de matar unos cuantos hombres con una Magnum .44
La noche anterior habíamos acordado telefonicamente vernos ahí, pero como suele sucederme, siempre olvido pedir indicaciones precisas, señas especiales, particularidades o certezas... así que olvidé preguntarle que coche manejaba. Y además como me sucede siempre también, no lo recordé hasta el momento en el que ya estaba parada enfrente, viendo por la ventana la barra de ensaladas del restaurante; pero pensé "Ok, si viene por mi y sabe que voy a estar parada aquí y seguramente va a pasar mas despacito y entonces yo ya lo veo y todo, y nos vamos, claro, es lo lógico". No supe cuántos minutos o eternidades pasaron, y a esa hora de la mañana no me importaba realmente, si yo lo que quería era una cobija, un café, una película y abrazar mi almohada. Pasó un coche verde, despacito... con alguien a quien si no le veías la cara (cosa que sucedió por el sol directamente en mis ojos) pasaría por un Mauricio recogedor de compañeras de trabajo. Se paró un poco más adelante de donde estaba yo, y abrió la puerta del copiloto, y justo cuando yo estaba por sentarme en el asiento escuché un "¿A dónde vaaaasss, mamaciiiitaaaa?" y cuando voltee vi algo muy parecido a un perro sarnoso con acné de secundariano de escuela de gobierno... presumiblemente una persona, porque hablaba... pero nada seguro.
A pesar del efecto vomitivo de la visión (seguro estaba alucinando.... espejismos por el frío o el exceso de actividad a esa hora de la mañana) tuve a bien cerrar la portezuela y patearla; y creo que machucarle una mano al hombre, perro, araña o cucaracha que manejaba el Neón verde recién pateado.
Ya después sólo se me ocurrió marcarle a Mauricio, y preguntarle que qué coche de qué color manejaba. Y seguir esperándolo, con ganas de cobijarme, darle un trago a mi café, dormir abrazando mi almohada después de matar unos cuantos hombres con una Magnum .44
01 December 2006
Ciertos poemas reveladores.
Hoy me siento generosa, así que les regalo mi poema favorito. Enjoy.
Los amorosos.
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el siguiente paso, el otro, el otro.
Los amorosos son insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que amana a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se averguenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran, hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
- Jaime Sabines -
Los amorosos.
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el siguiente paso, el otro, el otro.
Los amorosos son insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que amana a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se averguenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran, hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
- Jaime Sabines -
27 November 2006
Moi.
No one's asking to go dancing,it's not like that anymore.
It's romantic if they mean it when they shut your fingers in the door
It's a gory sort of story that's been told a hundred times before.
It gets tricky; don't be picky, if the slipper fits you wear it, whore.
How many crimes can I try spotting dry before it leaves a stain?
How many times say that I love you til it doesnt mean a thing?
How many fittings must i sit through with my big feet blistering?
How many strips until it hits me and my big mouth strikes again?
I'm not asking to go dancing; I'm not that dumb anymore.
I'ts exhausting to keep smiling when your toes are bleeding through the floor.
I'ts a gory sort of story thats been told a million times before.
Don't be sorry just ignore me because honestly
I'm too sore from fitting exactly to ride into setting suns aching tostand on my own two feet.
- Amanda Palmer -
- Amanda Palmer -
No se puede decir tanto de quien se conoce demasiado bien. Las palabras sobran, o faltan, o se atropellan entre si. Por eso es siempre difícil hablar de uno mismo.
Yo soy una chica; de esas que se desangran una vez al mes, deesas que tienen boobies y cólicos. De esas a las que les gusta Brad Pitt. Soy una niña de berrinches y jueguitos, de preguntar siempre los porqués, de hacer y decir lo que venga en gana; de probar todo, morder todo, oler todo, tratar de registrar todo. Suficientemente vieja para decir que estoy cansada y quiero dormir, que me duele la espalda, que el tiempo pasa demasiado rápido y que la vida, antes, solía ser menos complicada. Y ver nostálgica los atardeceres, pensando y sonriendo sola. Solitaria siempre, siempre tratando de ser la extranjera a la que se recibe como de la familia, de la que se conoce bastante como para ser entrañable, pero nunca demasiado. La que sonríe de soslayo y perdió la ingenuidad hace mucho, pero sigue siendo fácil de engañar y enamorar.
Mando a todo y a todos a la verga con la misma facilidad con la que olvido sacar la basura de mi coche o de mi bolsa o de mi cabeza y soy tan egoísta que puedo guardar un instante completamente personal en medio de cuatrocientas personas y jamás compartirlo.
Tan desconfiada que sé que el mejor modo de jamás mostrarte desnuda es decir siempre la verdad, y contar todos los secretos, besar a todos los chicos, bailar con todos los movimientos, guardando de cada verdad un pedazo, de cada secreto unas palabras, de cada chico un odio pequeñito y asqueroso, de cada baile un paso.
Un tubo nuevo de óleo me hace tan feliz como una buena película, una canción memorable, una manzana, una coca light, una rebanada de pizza o una taza de café, y no intento nunca ser misteriosa o hacerme del rogar porque me da la misma flojera que me da lavar los trastes o tender mi cama.
Y a final de cuentas soy tan mala para describirme como para tomar Bacardí, que sale vomitado al primer trago.
Yo solo soy un tanto complicada.
21 November 2006
Tiempo ido
Acabo de entrar a Blogger con una cuenta que se me había olvidado que había hecho, que de hecho es la misma que mi mail de Hotmail... ja, me asusté, pensé que alguien había hackeado y borrado mis valiosas entradas en éste blog. Después caí en la cuenta de que era el blog que había alguna vez intentado poner en marcha, hace, yo creo, ya más de dos años.
Ironicamente el título de ese blog (lo único que había escrito en él, de hecho) era "Don't we notice any time pass by?"
http://vntsngrs.blogspot.com
Ironicamente el título de ese blog (lo único que había escrito en él, de hecho) era "Don't we notice any time pass by?"
http://vntsngrs.blogspot.com
28 October 2006
¡Cielos!
Un amigo chilango me dijo una vez que vino de visita que León era como Reynosa o algún lugar así... que no había edificios de más de dos pisos. En ese momento me molestó un poco, porque, bueno, no he ido nunca a Reynosa pero no me lo imagino como el lugar más tecnológico del mundo, además de que lo único que pensé es que era chilango-talk, de cómo todos los chilangos siempre creen que el DF es lo mejor y todas las demás ciudades se acercan a ser ranchos.
Después de ese día, me dí cuenta de que quizá probablemente era cierto que no había tantos edificios altos en León como los hay en el DF, pero que también hay mucho más cielo en todas las calles y casas aquí, que no hay allá. Un cielo que lo contiene todo; insolentes noviazgos con sus respectivas 12 horas, lluvias arruinadoras de zapatos o que mojan las bolsas del mandado, que inundan las escaleras de los edificios de departamentos. Cielo en el que caben tantas palabras que se dicen y no importan y tantas que nunca se dicen; que contienen la extrañeza de las visitas y de las personas convirtiéndose en cargadoras de sus propias baterías bajas, entre tantas cosas que se cargan en ésta vida.
Un cielo que se maneja, se maldice, se pierde, se olvida y se tiene siempre ahi arriba.
Así que si León se parece a Reynosa porque no hay muchos edificios altos, quizá esté bien. Ahora sólo hay que hacer algo con los pinches ciclistas.
Después de ese día, me dí cuenta de que quizá probablemente era cierto que no había tantos edificios altos en León como los hay en el DF, pero que también hay mucho más cielo en todas las calles y casas aquí, que no hay allá. Un cielo que lo contiene todo; insolentes noviazgos con sus respectivas 12 horas, lluvias arruinadoras de zapatos o que mojan las bolsas del mandado, que inundan las escaleras de los edificios de departamentos. Cielo en el que caben tantas palabras que se dicen y no importan y tantas que nunca se dicen; que contienen la extrañeza de las visitas y de las personas convirtiéndose en cargadoras de sus propias baterías bajas, entre tantas cosas que se cargan en ésta vida.
Un cielo que se maneja, se maldice, se pierde, se olvida y se tiene siempre ahi arriba.
Así que si León se parece a Reynosa porque no hay muchos edificios altos, quizá esté bien. Ahora sólo hay que hacer algo con los pinches ciclistas.
03 October 2006
Fuck off and die.
Hay frases que deben decirse en persona. Van tan acopañadas de ademanes y expresiones faciales que si no se dicen en persona es mejor hacer de ellas un pequeño eufemismo hiriente y teclearlo por messenger o mandarlo por mensajito al celular o no hacer nada y guardar el sentimiento con el mismo cuidado que se guardan los regalos de las abuelitas en los cajones especiales y escondidos de nuestros cuartos.
No se puede hacer mucho con ellas después, porque pierden el olor, como los papelitos donde te dan muestras de perfumes en Liverpool; después de guardarlos en la cartera la perfuman por unos cuantos días y luego no queda de ellos más que el solo papel y el vago recuerdo roto, el nombre del perfume escrito en la superficie doblada, mezclado con olor a moneda y que se tira luego a la basura, como se va tirando a la gente y a las memorias a la basura.
No se puede hacer mucho con ellas después, porque pierden el olor, como los papelitos donde te dan muestras de perfumes en Liverpool; después de guardarlos en la cartera la perfuman por unos cuantos días y luego no queda de ellos más que el solo papel y el vago recuerdo roto, el nombre del perfume escrito en la superficie doblada, mezclado con olor a moneda y que se tira luego a la basura, como se va tirando a la gente y a las memorias a la basura.
02 October 2006
Séptimo día.
Los domingos se inventaron probablemente para que las Gabriellas tuvieran tiempo de preparar un litro de café con canela y leyeran historias de cronopios y de famas junto a su taza gigantesca y humeante silbando como Esquivel.
Tanto tiempo hay éste día para la gente que no es Gabriella que no saben que hacer. Hasta los televisores dominicales -tan sabios, tan interesantes siempre- súbitamente se vuelven insulsos y sonríen estúpidamente a la gente que canta o baila y es juzgada o corre con desesperación detrás de un balón junto con otros 21 acompañantes correlones, mientras las Gabriellas se rascan larga y detallamente la espalda y la panza que a lo largo de la semana habían olvidado que tenían que rascar.
Es el domingo el día que la gente se preocupa por visitar a Dios o platicar con él, o simplemente ir a su casa y sentarse y pararse protocolariamente sin pensar que tal vez Dios se aburre si no le platican nada. Quién sabe, las Gabriellas piensan que si alguien llegara a su casa y durante la visita sólo hiciera ademanes de sentadillas y picoteara un poco de comida probablemente no abriría la puerta la siguiente vez. Pero qué bueno que las Gabriellas no son Dios, porque tal vez se les olvidaría peinarse y el mundo andaría greñudísimo por ahí, sin poder hacer nada o tal vez cuando les diera por aplastarse los granos, en el mundo habría erupciones tan fuertes de volcanes que la gente creería que viene el juicio final; y el universo quizá estaría tan desarreglado como las camas de las Gabriellas en domingo.
Son seres egoístas, éstas Gabriellas, porque no comparten con nadie el sabor de su cereal con leche y del cigarro del domingo, ni el color tan similar de las mañanas y tardes nubladas del domingo con cerveza y pasta italiana cocinada bailando en una pequeña cacerolita dominical; pero no les importa, están muy ocupadas durmiendo o poniendo la nariz sobre el humo de canela y café con coffee-mate o bañándose lentamente, tarareando y ocupándose de minucias importantes para las Gabriellas. De domingo.
Tanto tiempo hay éste día para la gente que no es Gabriella que no saben que hacer. Hasta los televisores dominicales -tan sabios, tan interesantes siempre- súbitamente se vuelven insulsos y sonríen estúpidamente a la gente que canta o baila y es juzgada o corre con desesperación detrás de un balón junto con otros 21 acompañantes correlones, mientras las Gabriellas se rascan larga y detallamente la espalda y la panza que a lo largo de la semana habían olvidado que tenían que rascar.
Es el domingo el día que la gente se preocupa por visitar a Dios o platicar con él, o simplemente ir a su casa y sentarse y pararse protocolariamente sin pensar que tal vez Dios se aburre si no le platican nada. Quién sabe, las Gabriellas piensan que si alguien llegara a su casa y durante la visita sólo hiciera ademanes de sentadillas y picoteara un poco de comida probablemente no abriría la puerta la siguiente vez. Pero qué bueno que las Gabriellas no son Dios, porque tal vez se les olvidaría peinarse y el mundo andaría greñudísimo por ahí, sin poder hacer nada o tal vez cuando les diera por aplastarse los granos, en el mundo habría erupciones tan fuertes de volcanes que la gente creería que viene el juicio final; y el universo quizá estaría tan desarreglado como las camas de las Gabriellas en domingo.
Son seres egoístas, éstas Gabriellas, porque no comparten con nadie el sabor de su cereal con leche y del cigarro del domingo, ni el color tan similar de las mañanas y tardes nubladas del domingo con cerveza y pasta italiana cocinada bailando en una pequeña cacerolita dominical; pero no les importa, están muy ocupadas durmiendo o poniendo la nariz sobre el humo de canela y café con coffee-mate o bañándose lentamente, tarareando y ocupándose de minucias importantes para las Gabriellas. De domingo.
28 September 2006
Mueble o algo.
Cama estaba exhausta cuando amaneció; Francisco y Francisca habían dado vueltas toda la noche, y parte de la mañana también y no la habían dejado descansar como a una cama individual que era ella. Pensó que qué fastidio, que para eso existían las camas matrimoniales o las King Size y que ella no tenía que estar aguantando tanto brincoteo y tanta embarrada de tanto fluido corporal de todo tipo.
Las siguientes semanas, de cualquier modo, Cama estuvo un poco más tranquila. Ya Francisca no había traído a nadie más con ella en las noches aunque daba muchas vueltas todo el tiempo y tampoco la dejaba descansar mucho, y al final resultaba que Francisca, igual que Cama no descansaba en realidad y Cama se sentía un poco mal porque no cumplía de lleno con su función como cama.
Intentó resarcir un poco el daño que quizá pudo haber causado con su berrinche y trató de hacerse más blandita y más cómoda para que Francisca pudiera dormir más tranquila; y le tomó mucho tiempo, porque después de todo Cama era una cama y aunque tenía patas no tenía mucha movilidad; pero lo logró, logró ser una excelente pieza de mobiliario.
El día que ella finalmente consiguió hacerse una mejor cama, el día que todos los resortes estaban perfectos y todo el relleno y cubiertas y tablas perfectamente en su lugar, llegó Francisca llorando, se sentó en ella, agarro su almohada y la moqueó y la llenó de lágrimas y lagañas; no paró durante semanas. Francisca nunca se dio cuenta de lo que Cama había hecho, y aunque era sólo una parte del cuarto, un mueble, se puso muy triste. Ya nunca volvió a quejarse de nada, pero tampoco hizo un esfuerzo por ser mejor cama. Ni siquiera le importó que Francisca pesara más y su panza se volviera mucho más redonda y difícil de acomodar, ni que llorara todo el tiempo. La esencia de Cama se fue junto con los Kleenex mojados y llenos de mocos en un camión de la basura; y a Cama un día se le cayó una tabla, otro se le salió un resorte y después se le descuadró la cabecera.
Cama un día amaneció en el relleno sanitario. Francisca compró otra cama y brincoteó en ella de nuevo, ya no con Francisco y ya sin su panza redonda y grande.
Las siguientes semanas, de cualquier modo, Cama estuvo un poco más tranquila. Ya Francisca no había traído a nadie más con ella en las noches aunque daba muchas vueltas todo el tiempo y tampoco la dejaba descansar mucho, y al final resultaba que Francisca, igual que Cama no descansaba en realidad y Cama se sentía un poco mal porque no cumplía de lleno con su función como cama.
Intentó resarcir un poco el daño que quizá pudo haber causado con su berrinche y trató de hacerse más blandita y más cómoda para que Francisca pudiera dormir más tranquila; y le tomó mucho tiempo, porque después de todo Cama era una cama y aunque tenía patas no tenía mucha movilidad; pero lo logró, logró ser una excelente pieza de mobiliario.
El día que ella finalmente consiguió hacerse una mejor cama, el día que todos los resortes estaban perfectos y todo el relleno y cubiertas y tablas perfectamente en su lugar, llegó Francisca llorando, se sentó en ella, agarro su almohada y la moqueó y la llenó de lágrimas y lagañas; no paró durante semanas. Francisca nunca se dio cuenta de lo que Cama había hecho, y aunque era sólo una parte del cuarto, un mueble, se puso muy triste. Ya nunca volvió a quejarse de nada, pero tampoco hizo un esfuerzo por ser mejor cama. Ni siquiera le importó que Francisca pesara más y su panza se volviera mucho más redonda y difícil de acomodar, ni que llorara todo el tiempo. La esencia de Cama se fue junto con los Kleenex mojados y llenos de mocos en un camión de la basura; y a Cama un día se le cayó una tabla, otro se le salió un resorte y después se le descuadró la cabecera.
Cama un día amaneció en el relleno sanitario. Francisca compró otra cama y brincoteó en ella de nuevo, ya no con Francisco y ya sin su panza redonda y grande.
De cajuelas llenas.
Si el tiempo que perdemos pudiera regresarse a nosotros y pegarnos en la cara, es mi humilde suposición que muchos de nosotros estaríamos ya deformes el día de hoy.
Perdemos tanto sin darnos cuenta de nada.
De repente la vida puede caber en la cajuela de un Chevy. De repente puede dejar de ser como la habíamos conocido siempre, como la habíamos planeado a corto plazo. Un día puedes levantarte y vivir dentro de la nostalgia futura que creíste nunca tener; el día anterior pudiste haber despertado en el piso, apestando a axila y sin poder bañarte. De repente un desayuno en Antares y compras en Bershka se tienen en el transcurso del mismo día y unos cuantos días antes Whoppers de 15 pesos era un lujo. Hace unas semanas tenías lavadora y ahora todo se lava a mano, y tu ropa y tus cosas se veían diferentes, casi tanto como tú mismo te veías diferente porque no te habías tenido que preocupar de tanto, porque siempre hay cosas que se han estado dando gratis y no nos damos cuenta. Y el tiempo no alcanza y el sueño nunca es suficiente, aunque sueñes que puedes volar, o nadar en gelatina tibia.
De repente la vida es pequeña y extraña. Y cansada. De repente todo lo puedes medir con el tamaño de tu cajuela. De repente la vida es finalmente tranquila.
Perdemos tanto sin darnos cuenta de nada.
De repente la vida puede caber en la cajuela de un Chevy. De repente puede dejar de ser como la habíamos conocido siempre, como la habíamos planeado a corto plazo. Un día puedes levantarte y vivir dentro de la nostalgia futura que creíste nunca tener; el día anterior pudiste haber despertado en el piso, apestando a axila y sin poder bañarte. De repente un desayuno en Antares y compras en Bershka se tienen en el transcurso del mismo día y unos cuantos días antes Whoppers de 15 pesos era un lujo. Hace unas semanas tenías lavadora y ahora todo se lava a mano, y tu ropa y tus cosas se veían diferentes, casi tanto como tú mismo te veías diferente porque no te habías tenido que preocupar de tanto, porque siempre hay cosas que se han estado dando gratis y no nos damos cuenta. Y el tiempo no alcanza y el sueño nunca es suficiente, aunque sueñes que puedes volar, o nadar en gelatina tibia.
De repente la vida es pequeña y extraña. Y cansada. De repente todo lo puedes medir con el tamaño de tu cajuela. De repente la vida es finalmente tranquila.
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